La elección presidencial brasileña dejó un resultado que pocos esperaban con semejante nitidez: Flávio Bolsonaro, candidato del Partido Liberal e hijo del expresidente Jair Bolsonaro, terminó primero en la primera vuelta y enfrentará a Luiz Inácio Lula da Silva en el balotaje del 25 de octubre. La diferencia, sin embargo, fue demasiado estrecha como para hablar de una elección definida: apenas alrededor de dos puntos separaron a los dos candidatos.
Con prácticamente todo el escrutinio concluido, Bolsonaro obtuvo cerca del 47 por ciento de los votos válidos, mientras que Lula quedó apenas por debajo del 46 por ciento. En términos absolutos, la distancia fue de algo más de dos millones de sufragios. El dato político más importante, entonces, no es solamente quién llegó primero, sino que Brasil vuelve a quedar partido en dos.
Y esta vez la sorpresa tiene nombre y apellido: Bolsonaro.
El apellido que volvió a ponerse en el centro
Flávio Bolsonaro llegó a la elección cargando con una herencia política enorme. Su apellido es, al mismo tiempo, una ventaja electoral y una mochila. Representa al movimiento que llevó a Jair Bolsonaro a la presidencia, pero también intenta construir una identidad propia, en un escenario donde la figura del exmandatario continúa teniendo una enorme capacidad de movilización entre los sectores más conservadores de Brasil.
La victoria en primera vuelta muestra que el bolsonarismo no desapareció con la salida de Jair del poder. Por el contrario, encontró en su hijo una nueva candidatura capaz de mantener en pie una estructura política que sigue teniendo particular fortaleza en el centro, el sur y especialmente en el estado de San Pablo.
Allí el resultado fue contundente. Tarcísio de Freitas, gobernador y una de las principales figuras del espacio bolsonarista, consiguió una amplia victoria sobre Fernando Haddad. San Pablo, que concentra casi una cuarta parte del electorado brasileño, volvió a funcionar como una gigantesca usina electoral de la derecha.
El mapa electoral volvió a mostrar una fractura conocida: el nordeste mayoritariamente con Lula y buena parte del centro y el sur inclinados hacia Bolsonaro.
Pero hay algo más profundo detrás de esos colores electorales. La primera vuelta confirmó que la disputa brasileña dejó de ser simplemente una pelea entre dos candidatos. Es una confrontación entre dos proyectos de país.
Lula, obligado a remontar
Para Lula, el resultado es un golpe político, aunque todavía no una derrota definitiva.
El presidente había llegado al tramo final de la campaña con expectativas de terminar primero y, aunque las encuestas ya anticipaban un balotaje, el resultado terminó siendo diferente. Bolsonaro no solo consiguió pasar a la segunda vuelta: lo hizo en el primer lugar y con una ventaja que le permite comenzar las próximas tres semanas de campaña desde una posición favorable.
El propio Lula reconoció que esperaba ganar en primera vuelta y planteó que el balotaje permitirá mostrar con mayor claridad las diferencias entre ambos proyectos.
La tarea que tiene por delante es enorme.
Necesita movilizar a quienes no fueron a votar, convencer a sectores que eligieron a otros candidatos y, sobre todo, evitar que la elección se transforme en un plebiscito sobre su gestión.
La abstención puede ser una de las grandes protagonistas de la segunda vuelta. Cerca del 79 por ciento de los brasileños habilitados concurrió a votar, mientras millones permanecieron en sus casas. Allí puede encontrarse una reserva electoral decisiva para cualquiera de los dos candidatos.
El problema para el PT es que una parte importante de los votos que quedaron fuera del balotaje provino de candidatos de derecha o centro-derecha. La estrategia de Lula deberá conseguir algo mucho más difícil que sumar votos propios: convencer a una parte del electorado que no necesariamente comparte su proyecto, pero que podría preferirlo antes que un regreso del bolsonarismo al poder.
Trump también juega
La elección brasileña no puede analizarse solamente mirando hacia Brasilia.
La disputa entre Lula y Bolsonaro tiene una dimensión internacional cada vez más evidente. Donald Trump mantiene una relación política privilegiada con los sectores de la derecha latinoamericana y el eventual triunfo de Flávio Bolsonaro modificaría de manera sustancial el vínculo entre Brasil y Estados Unidos.
En ese escenario aparece una discusión especialmente sensible: China.
Brasil tiene en China a su principal socio comercial y cualquier giro significativo de su política exterior tendría consecuencias económicas y geopolíticas de enorme magnitud. El proyecto asociado a Bolsonaro propone una aproximación mucho más estrecha con Washington y una distancia mayor respecto de Beijing.
La discusión incluye además minerales críticos, tierras raras, infraestructura, energía y tecnología. El gigante sudamericano posee recursos estratégicos que adquieren una importancia creciente en la disputa global por la inteligencia artificial, las nuevas tecnologías y la transición energética.
Por eso Brasil no es solamente una elección presidencial.
Es también una elección sobre el lugar que ocupará el país en el nuevo tablero internacional.
La sombra de una posible injerencia estadounidense
El escenario se volvió todavía más delicado luego de que la Policía Federal brasileña anunciara una investigación sobre una posible interferencia estadounidense en el proceso político-electoral.
La investigación se inició a partir de una denuncia vinculada con informaciones periodísticas que señalan una posible utilización de fondos provenientes de Estados Unidos para influir en el debate político brasileño y presionar sobre instituciones del país.
En paralelo, se conocieron denuncias y cuestionamientos sobre posibles vínculos entre sectores cercanos a Flávio Bolsonaro y redes políticas y económicas estadounidenses de orientación ultraconservadora. Entre ellas aparece Rockbridge Network, vinculada a sectores próximos al vicepresidente estadounidense JD Vance y al empresario tecnológico Peter Thiel.
Son acusaciones que deberán ser investigadas y comprobadas por las instituciones correspondientes. Pero su sola aparición agrega una dimensión internacional a una elección que ya estaba cargada de tensión.
Lula, además, tiene una historia política marcada por su enfrentamiento con Washington durante diferentes etapas de su trayectoria. Un eventual regreso del bolsonarismo podría significar un giro considerable en esa relación.
El Congreso, otra batalla decisiva
El presidente que surja del balotaje tampoco tendrá las manos libres.
Las elecciones legislativas mostraron un fortalecimiento de las distintas expresiones de la derecha brasileña. En varios estados, el bolsonarismo logró ampliar su representación parlamentaria, lo que anticipa un escenario complejo para cualquier gobierno que asuma en enero de 2027.
Si Lula consigue la reelección, tendrá que gobernar con un Congreso donde las fuerzas conservadoras poseen una presencia importante.
Si gana Bolsonaro, en cambio, tendrá que demostrar que puede transformar esa mayoría política en un proyecto de gobierno estable.
En ambos casos, la gobernabilidad será uno de los grandes interrogantes del día después.
Brasil, espejo de una América Latina que gira a la derecha
El resultado brasileño tampoco ocurre en soledad.
La región atraviesa una etapa de expansión de las derechas y las ultraderechas. Perú, Colombia, Ecuador, Bolivia, Honduras, Chile y Costa Rica forman parte de un mapa latinoamericano cada vez más fragmentado y con un crecimiento de fuerzas políticas que cuestionan abiertamente a las izquierdas y los gobiernos progresistas.
Brasil, por su peso económico, demográfico y político, puede convertirse en la pieza más importante de ese tablero.
Un triunfo de Flávio Bolsonaro consolidaría una tendencia regional y fortalecería la influencia de Washington sobre gobiernos latinoamericanos de derecha.
Una victoria de Lula, en cambio, podría funcionar como un freno a esa ola y mantener a Brasil dentro de un esquema de mayor autonomía internacional, con vínculos fuertes tanto con Estados Unidos como con China y otros actores del mundo multipolar.
Tres semanas para cambiar la historia
El 25 de octubre Brasil volverá a votar.
Esta vez no habrá diez candidatos ni múltiples caminos posibles. Habrá solamente dos nombres en la pantalla: Lula y Bolsonaro.
La primera vuelta dejó una fotografía inquietante para el PT: la extrema derecha obtuvo más votos y demostró que conserva una fuerza política formidable. Pero también dejó una certeza: nadie ganó todavía.
Lula tiene tres semanas para transformar una derrota parcial en una remontada. Bolsonaro, para convertir una victoria estrecha en una presidencia.
Entre ambos hay apenas un puñado de puntos porcentuales, pero detrás de ellos se enfrentan dos modelos políticos, dos concepciones del Estado, dos miradas sobre el mundo y dos maneras de imaginar el futuro de la principal potencia sudamericana.
El 25 de octubre, Brasil no solamente elegirá presidente.
Elegirá qué Brasil quiere ser.
